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Entre los franceses enojados… y los periódicos que roban (copyright Paolo Conte), está la bofetada en París desde Milán que, para presentarse ante unos miles de millones de personas, hace llegar al presidente Sergio Mattarella a la ceremonia de inauguración en el tranvía conducido por el múltiple campeón del mundo Valentino Rossi. Elegancia e ironía también en la cita de la reina Isabel que, con motivo de la inauguración de los Juegos de Londres 2012, se dejó convencer por Daniel Craig, en versión James Bond, para lanzarse en paracaídas al Parque Olímpico. El rito ambrosiano del saber hacer y del saber hacer, expresado hundiendo sus raíces en el mito neoclásico y tan profundamente humano de Cupido y Psique encarnado en los mármoles inmortales de Antonio Canova, animados por setenta bailarines devotos de Terpsícore.

Gran belleza, genio italiano y Gazza ladra de Gioacchino Rossini, pero también Giacomo Leopardi, el homenaje a Giorgio Armani y Raffaella Carrà distribuido por la experta dirección de Marco Balich mucho más allá de la modesta cantidad destinada al uso personal. Porque, además de los bidés sorprendentemente encontrados (a diferencia de París) por los atletas de la villa olímpica, aquí en Milán también se encuentra esta Última Cena de Leonardo que decora majestuosamente el refectorio de Santa Maria delle Grazie. En su versión original y no en esta obscenidad escenificada por la inauguración de París 2024 con esta Última Cena en versión drag queen que había violado la historia y la celebración de los valores del Olimpia y del deporte, para abandonarse a la creciente marea de la ideología, o más bien del despertado régimen actualmente vigente. Ofendiendo no sólo a millones de cristianos, sino a todos aquellos que tienen un mínimo de sentido común y que se sienten atacados por este banquete transexual interpretado por una modelo altísima, por un hombre de espesa barba pero vestido de mujer y por un pitufo barbudo amarillo. La saga basura, mucho más Orgullo Gay que Juegos Olímpicos.

Pero también despertaron muchas dudas la María Antonieta que cantaba con la cabeza cortada y el Dioniso que se parecía más a un borracho gordo que al dios griego. Dejemos de lado esta escena de sexo trío, nada objetable cuando se organiza dentro de las paredes de casa, un poco menos recomendable para una ceremonia oficial. Una manera, sin exagerar, pero no tan velada, de ahogar a Occidente en un pensamiento débil que quiere corroer sus mecanismos más vitales, esta piedra angular del judeocristianismo, pero también de los principios y valores del Renacimiento y del humanismo que, durante siglos, han cimentado su crecimiento y han impedido su decadencia. Un acontecimiento que, en medio del torrente de críticas, fue considerado incluso más ideológico que el que abrió Beijing 2008 y que había sido estrictamente dictado por el Partido Comunista Chino. Sobre todo porque la negativa de los organizadores pareció tanto más culpable cuanto que al día siguiente afirmaron, con un bonito giro, que no habían representado la Última Cena, sino la Última Cena de Dioniso. La búsqueda más clásica de los “quince minutos de fama” por los que se vende el alma de Andy Warhol. Y para quienes, para los organizadores y para el presidente Macron, la mejor respuesta es “mantener el tranvía” recomendado ayer por la impecable y neoclásica ceremonia de Milán.

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