Ya la guitarra, esta guitarra, abre la puerta. Entonces la voz, esta voz, te hace sentarte en el centro de la roca. Son los Rolling Stones, señores, e In the Stars, lanzado ayer por la tarde, es la canción que anuncia oficialmente Foreign Tongues, su trigésimo álbum de estudio y que estará en circulación a partir del 10 de julio. De momento hemos visto la portada, que es un curioso collage de los rostros de Mick Jagger, Keith Richards y Ron Woods e, irónicamente, recuerda vagamente la de Tattoo you de 1981, la de Start me up, la de una época de vicios y perdiciones que llevaron al grupo al borde del precipicio. “Teníamos 14 canciones fantásticas y trabajamos lo más rápido que pudimos”, dijo Mick Jagger, quien presentó la nueva música a la prensa anoche en Brooklyn junto a Ronnie Wood y Keith Richards, quienes disiparon el (todavía) rumor de problemas de salud. Juntos tienen 245 años (Mick y Keith tienen casi 83, el joven Ronnie “sólo” 79) y solo eso merece un aplauso porque en los pocos minutos de In the Stars se dan cuenta por enésima vez del nombre de su empresa: transmitir energía sin demasiadas florituras. Vale, nada nuevo. El ambiente es el mismo. El ambiente es el mismo. Los sonidos no difieren mucho del modelo de los Rolling Stones, al menos a partir del álbum Steel Wheels en adelante. Pero es precisamente la última y definitiva misión del grupo de rock más antiguo de todos los tiempos, la de dar un signo de vida, de tranquilizar, de celebrar una comunicación sonora que ya es antigua y que sigue muy viva. Al fin y al cabo, seamos claros, los Rolling Stones empezaron en 1962, han pasado 64 años y sólo los ilusos o malintencionados pueden esperar quién sabe qué cosas nuevas. La noticia más importante sobre los Stones es que todavía están aquí.
¿Y quién sigue siguiendo esos hábitos que alguna vez fueron tan preciados y ahora muy raros, como lanzar una canción con otro nombre (The Cockroaches, eso es cucarachas, verdad, queridas cucarachas de los Beatles?), llamarla Rough and Twisted en una edición limitada y hacer felices a los coleccionistas. Se trata de rituales ancestrales en peligro de extinción, como sabemos. Pero qué alegría, admitámoslo.