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CARTA DESDE SHANGHÁI

Li Yan, que prefiere utilizar un nombre falso, lo afirma de buena gana: es un ciudadano muy normal. No tiene opiniones políticas disidentes, ni actividad asociativa o asociaciones que lo hagan sospechoso ante los ojos de las autoridades. Este señor Everyman, bueno en todos los aspectos, acaba de darse cuenta de que sus errores no escapan a la vigilancia del reconocimiento facial de la policía. Se enteró a finales de marzo, a través de un mensaje de texto en el que se le notificaba una multa de 50 yuanes (6 euros) por circular en bicicleta por una acera de Shanghai.

La cantidad es bastante insignificante y no discute los hechos. Más bien, lo que le sorprendió fue la forma en que fue identificado por la policía. En la fecha mencionada en el mensaje, Li Yan solo recorrió en bicicleta unas pocas docenas de metros por la acera para ahorrar tiempo en el camino a una cita.

Su asombro se debió a que ese día no fue controlado por la policía. Su bicicleta tampoco tiene matrícula. El SMS menciona la identificación mediante “tecnologías electrónicas”. Como los mensajes fraudulentos en línea han aumentado en los últimos años, Li Yan prefirió comprobarlo llamando a la policía. Tuvo así la confirmación de que su rostro había sido reconocido automáticamente por las cámaras de seguridad pública. Vio el principio del fin del anonimato, que permitía a todos vivir con sus pequeñas peculiaridades.

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