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En Europa, la alarma islamista es fuerte. Pero en Italia, muchos todavía fingen no verlo, mientras las instituciones europeas apoyan el islam político, y a veces financiando, campañas a favor del uso del velo o contra la homofobia, o proyectos como “Erasmus+”.

La silenciosa penetración de los islamistas en Occidente es el tema del momento. En Francia, los servicios denuncian una “amenaza a la cohesión nacional”. En Gran Bretaña, las siglas del islamismo operan abiertamente. E incluso Estados Unidos está tomando medidas ahora, con la intención de sancionar a los Hermanos Musulmanes como organización terrorista, ya sea a nivel federal o estatal. El objetivo final de los Hermanos Musulmanes es crear un entorno “compatible con la ley “Sharia”, que ya existe en varios barrios de las ciudades europeas. Una realidad que perturba, divide y dicta la agenda política. Para definir el contenido de esta amenaza llega ahora un informe, “Desenmascarar a los Hermanos Musulmanes: fraternidad, islamofobia y la UE”, encargado por el grupo de derecha “Ecr” (del que forma parte la FdI) a dos investigadores: la antropóloga francesa Florence Bergeaud-Blackler y el investigador italiano Tommaso Virgili. El tema no es el Islam como tal, sino la explotación de la religión para el poder. El trabajo de los dos expertos reconstruye en 50 páginas la red atribuible a los Hermanos.

El combativo Bergeaud-Blackler inventó la palabra frérisme (fraternidad). Virgili compara a la Hermandad con “una marca de franquicia”. Un sistema con diferentes órbitas. En el centro están los Hermanos en sentido estricto, en torno a los cuales giran las organizaciones que emanan directamente de la hermandad, pero formalmente externas a la secta. El informe identifica seis: el Consejo de Musulmanes Europeos, Femyso, el Instituto Europeo de Ciencias Humanas, el Consejo Europeo para la Fatwa y la Investigación, el Europe Trust y el Islamic Relief Worldwide. Aún más externos son los movimientos y personalidades que simpatizan, apoyan o se dejan guiar –conscientemente o no– por las consignas de los centrales islamistas. Esta es la extrema izquierda de los pro Pal y Flotille. “¿Criaturas de este mundo? Podemos discutir durante mucho tiempo – observa Virgili – ciertamente hay activadores en los diferentes países. En Italia, Mohammed Hannoun”.

Las redes de fraternidad se adaptan a contextos variados. Y se han adaptado muy bien a las instituciones europeas que, debido a malentendidos o ideologías, a menudo financian o legitiman a sujetos vinculados al Islam político que – bajo el pretexto de la moderación del “progreso” – siguen una agenda iliberal. Llama la atención la lluvia de dinero de la UE a estos mundos: los 33,7 millones para Ayuda Islámica en 2007-2020 (40 millones con las filiales nacionales), los 23 millones para la Red Europea contra el Racismo, los 288.856 euros para Femyso, los 100.000 euros para el foro “Al Sharq” para proyectos Erasmus. Y los 340 mil euros para la campaña social “Libertad en el hijab”, impulsada por Femyso y lanzada por el Consejo de Europa.

Caso paradigmático, el velo. Mientras internamente se impone como una obligación, externamente se promueve como una elección de libertad e identidad. “La ambigüedad es sin duda una de las claves del Islam político, la otra es la victimización. Han sabido transmitir la idea de que el velo es discriminado en Europa – observa Virgili – cuando la realidad es que es peligroso llevar la kipá”. En Europa estamos hablando de ello. O al menos lo intentamos. Porque incluso antes de la lucha contra el separatismo religioso viene la libertad de hablar de ello sin ser acusados ​​de “islamofobia” o racismo. Los Hermanos no muestran el rostro autoritario de la hegemonía, sino el rostro persuasivo de la “liberación”.

Una narrativa antiimperialista que agrada a los oídos de una izquierda que, durante décadas, ha cultivado el terreno de la hostilidad antioccidental –y antiisraelí– y que ahora deja que los líderes del Islam político recojan los frutos. ¿La paradoja? Llevan valores que, si fueran católicos, los condenarían al estigma de reaccionarios y, por el contrario, son tomados por camaradas “revolucionarios”.

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