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Celebramos los 80 años del Premio Strega, fundado con el empresario Guido Alberti por Maria Bellonci, una de las escritoras ya descritas en 1984 por Sandra Petrignani en su exitoso libro del mismo nombre, que posteriormente fue ampliado y reeditado. Con Privado Rinascimento, fruto de medio siglo de investigación sobre la escritura de novelas históricas (la primera, en 1939, dedicada a Lucrezia Borgia, la segunda inspirada en la figura de Isabella d’Este), La dama de la bruja ganó la edición n°1. 40 del Premio, al día siguiente de su muerte. No fue sólo un reconocimiento simbólico y póstumo, sino preparado por el concierto de varios Amigos el domingo, cuando ella aún estaba viva. Filólogos como Vittore Branca la apoyan (que le propone competir por el Campiello), mientras se van sumando otras opiniones positivas, de Geno Pampaloni a Giovanni Macchia, todo ello para esta escritora y musa al mismo tiempo que se identifica con la Corinne de Madame de Staël elogiada por Stendhal – y para quien, eureka!, Dino Risi reserva una parodia hilarante en una de las escenas cinematográficas de sus Monstruos: seamos serios, no nos perdamos esto.

Hoy, cuarenta años después (y terminaremos aquí con las cifras), ha tomado forma otro homenaje, firmado por Stefano Petrocchi, director de la Fundación María y Goffredo Bellonci, a la mujer que, aunque para algunos, fue “considerada una autora de relatos falaces, en la frontera entre historiografía y novela de ficción, que deben ser consideradas con sospecha también porque vende”. En efecto, Romanzoprivate fue publicado por Mondadori (216 páginas, 19 euros) que realiza una doble operación, en nombre de este tentador adjetivo “privado” que Maria Bellonci encontró en una iluminación matutina durante la gestación de su Renacimiento. El primero, rastrear en la obra pública de Bellonci el detalle privado que se insinúa en el texto, dándole también una estructura epistolar: un encuentro inesperado y extraño con un sacerdote canadiense muy culto, André Desjardins, de quien el escritor recibirá cartas sin compensación, pero que, unos años más tarde, dará sustancia literaria al personaje de Robert de la Pole, también corresponsal unilateral de Isabelle d’Este. Un personaje que también presenta rasgos similares a los de su marido, uno de los críticos y periodistas más influyentes de la época, Goffredo Bellonci, que fue su maestro y gran valedor (incluso después de que desapareciera el manuscrito de la primera novela que María, entonces sólo Villavecchia, le regaló en 1919).

La segunda operación del libro de Petrocchi es hacer pública la intimidad de dos diarios inéditos que el escritor hubiera querido dejar tal cual, como se especifica en una nota al texto (aunque con un “aprobado” añadido posteriormente, en uno de los dos casos, que deja abierta una ventana para echar un vistazo). En definitiva, lo privado en el título.

por Petrocchi está más que justificada; pero eso no es todo. Privado, también en el sentido de la falta de detalles: en varias ocasiones Petrocchi, al presentar el libro en el Salón de Turín, y refiriéndose también a las relaciones ambiguas con Guido Piovene, Gianna Manzini y Anna Banti, subraya que “Bellonci no dice aquí”, mientras nos deja adivinar un mundo de deseos y secretos. Una operación de ocultamiento que se refleja también en la imposibilidad de ser, aunque tan visible -y también coqueta como demuestra en su Pequeño libro de los consuelos secretos-, un buen modelo para el retrato que intenta hacer de ella la pintora Leonetta Cecchi Pieraccini. Siempre tarde, vestido con ropa llamativa, casi nunca quieto, anota al pintor en su diario (en el que trabaja Isabella d’Amico), donde también anota el poco galante pero ingenioso elogio del águila de dos monturas que le hizo Roberto Longhi.

Fundamentalmente esquiva, como musa y escritora, pero quizás resumida eficazmente en el retrato que Sandra Petrignani hizo de ella en una conversación telefónica con Stefano Petrocchi: “Parecía querer presentarse como un emblema de la civilización literaria del siglo pasado”.

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