Y Caos el origen de cualquier Orden, y por tanto de los Estados. Amenazados a su vez –incluso desintegrados– por estructuras más grandes: los Grandes Espacios, que compiten por la hegemonía sobre el mundo. Hoy son China, Rusia y Estados Unidos los que están generando un nuevo desorden.

Y Caos, de hecho, es el título del libro –muy denso– de Massimo Cacciari y Roberto Esposito, que acaba de publicar Il Mulino.

Dos pruebas, una de las cuales Premisa que marca el tono dominante: “la confusión y el desorden que parecen marcar la época esconden quizás un Vacío que es el útero en el que maduran nuevos órdenes y nuevos principios. Porque el Vacío se abre a infinitas posibilidades”.

Inmerso poéticamente en el conocimiento del clasicismo griego, así como en la línea de pensamiento que va de Goethe a Bachofen y luego a Nietzsche, El mito del globo es el ensayo de Cacciari con el que comienza el libro. Allí domina la categoría de la Política, vista en su relación con el Espacio: el Estado europeo – dice Cacciari – es originalmente una potencia “terrestre”, ya que tiene su primera raíz en la tierra. Pero pronto traspasa este umbral y se abre hacia el Más Allá, hacia el mar abierto, aún desprovisto de caminos y recuerdos. Esto no termina todavía: el Océano todavía tiene una frontera, una limasmientras que Open, Air es ilimitado. Por lo tanto, es necesario conquistarlo para garantizar la hegemonía en el mundo. La expansión continúa. En su eterno impulso (lo Streben) el hombre abandona la dimensión física para tender a un “proceso de desmaterialización de todas las formas de vida”: para lo cual el Estado “tendrá que ampliar cada vez más su soberanía (…) dominando el complejo inmaterial de las olas (…) que llevan en su interior toda la información”.

Pero qué poder institucionalizado, qué gobierno “Timaic”, se pregunta el autor. – ¿Podrá regular este nuevo Gran Espacio, cada vez más disputado en la lucha por la dominación mundial? Ciertamente, un nuevo orden no puede surgir de la “juridización de los conflictos”, es decir del “establecimiento de autoridades y tribunales internacionales reconocidos por todos”: la historia del mundo no la hacen los pretores, decía Hegel. Quizás sea la “unidad del sistema técnico-económico-financiero” la que evite una guerra total por la hegemonía final; o, por el contrario, este sistema buscará precisamente “la gran catástrofe” para liberarse del “viejo Político”. Quizás nos salve un realismo trágico: conscientes -como dice el Zaratustra de Nietzsche- de que las cosas de la Historia danzan siempre a los pies del Azar.

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