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Desde los campos de hielo de Groenlandia hasta los acogedores salones de la diplomacia europea, Rusia vuelve a enviar señales que van mucho más allá del Ártico. Señales sensacionales, por su tono y sus implicaciones, confiadas primero a Kirill Dmitriev y luego a Dmitri Medvedev, en un crescendo que entrelaza geopolítica, disuasión nuclear y un miedo cada vez menos velado a una nueva escalada global. Para Dmitriev, una figura clave en el frente económico y diplomático ruso, la cuestión groenlandesa ya estaría esencialmente cerrada. Moscú observa con aparente indiferencia, pero con evidente sarcasmo, los rumores de que Washington está trabajando en un acuerdo de “libre asociación” con Groenlandia, oficialmente destinado a mejorar el nivel de vida de la isla. Un modelo que, en palabras de Dmitriev, “garantizaría la asistencia financiera estadounidense dejando autonomía en los asuntos internos, pero transfiriendo la defensa bajo el control de Washington”. En este contexto, la UE es liquidada con una fórmula que pesa como una acusación: seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: “vigilar la situación y aplicar un doble rasero”. Un papel vasallo, según Dmitriev, que llega hasta la provocación final: “Groenlandia parece decidida. ¿Será Canadá el próximo?”.

Si el tono de Dmitriev es irónico y agudo, el de Medvedev es oscuro, casi apocalíptico. El expresidente ruso amplía su perspectiva y advierte que lo que hace un año parecía una broma, desde el Golfo de América hasta las reclamaciones sobre Groenlandia y el Canal de Panamá, hoy ya no lo es. De hecho, esto presagia escenarios concretos: un desembarco estadounidense en Groenlandia, una “zona de seguridad” en la frontera con México, buques de guerra en el Canal de Panamá. El problema, advierte Medvedev, no es sólo de Estados Unidos. Éste es el efecto dominó global: operaciones replicadas, imitadas, amplificadas en otros lugares. “Bienvenidos al nuevo año de la guerra mundial”, escribió, fijando un umbral simbólico más allá del cual el orden internacional corre el riesgo de hundirse en una competencia sin reglas.

Es en este clima donde Moscú relanza su mensaje más sensible: la seguridad nacional estará garantizada mediante la diplomacia, si es posible, pero reforzando el arsenal estratégico, si es necesario. Mientras los voluntarios en París se unen para fortalecer la coordinación política y militar en las cuestiones más delicadas de la seguridad occidental, el Kremlin emite una severa advertencia: cualquier mayor consolidación de alianzas hostiles tendrá un precio. Moscú reitera su línea roja, ninguna presencia militar de la OTAN en Ucrania, y confía la respuesta vespertina al irreductible Medvedev, quien, con motivo de la Navidad ortodoxa, publica en las redes sociales una postal invernal desde la catedral de Cristo Salvador, acompañada de un mensaje en inglés con un tono inequívoco: “No te metas con Rusia”.

La cuestión más crítica es la energía nuclear: el Tratado New Start, el último acuerdo de control de armas estratégicas entre Rusia y Estados Unidos, expira en febrero.

Moscú, aunque suspendió su participación, se ofreció a respetar voluntariamente los límites, pero sin respuesta de Washington. A falta de un acuerdo, también sigue siendo posible que se produzcan más avances en materia de armas estratégicas, con repercusiones para el equilibrio nuclear mundial y la Conferencia de las Naciones Unidas de 2026.

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