“La tragedia de Israel es que el Netanyahu político siempre ha sido mucho mejor que el estadista Netanyahu”. La reflexión proviene de un ex diplomático israelí que conoce bien al personaje, fascinado por el talento del primer ministro para recuperarse del más mínimo revés y ansioso por verlo navegar en el caos. Dos meses después de lanzar una histórica operación militar conjunta con Estados Unidos contra el régimen iraní, Benjamín Netanyahu se encuentra en medio del camino.
Él, el Primer Ministro que ha gobernado el Estado judío por más tiempo en su corta historia, está enojado al ver que su aliado estadounidense no llega al final del camino, hacia donde deberían conducir sus objetivos comunes. Hamás sigue en el poder en Gaza y no ha entregado sus armas, la República Islámica de Irán sigue en pie y Hezbolá –su cómplice en el Líbano– es lo suficientemente dañino como para seguir amenazando a las poblaciones del norte de Israel.
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Quizás lo más desafortunado para él es su creencia de que podría controlar a su aliado estadounidense mientras este último lo involucraba en un proceso de negociación y un cronograma que socavaba sus capacidades para la acción militar. En Gaza consiguió esta “línea amarilla” para retirar su ejército y permitir que los gazatíes regresen a lo que queda de su hogar, pero sin que las FDI abandonen todo el territorio palestino, como exige Hamás. Según el Ministerio de Salud del enclave, alrededor de 800 palestinos han muerto desde el alto el fuego de octubre, incluidos 200 menores y siete trabajadores humanitarios.