La transición energética es una cuestión que depende de estrategias industriales de las que puedan beneficiarse los sectores público y privado. Para que se convierta en un factor estructural de competitividad, crecimiento y empleo, es imprescindible adoptar un modelo maduro y colaborativo, en el que las instituciones establezcan una visión clara, identifiquen prioridades estratégicas y creen las condiciones para movilizar y orientar capital privado eficiente. En el escenario actual, caracterizado por la volatilidad de los mercados, las tensiones geopolíticas y el aumento de la demanda de energía, para las empresas y las administraciones públicas la energía ya no es una simple partida de coste: afecta directamente a la competitividad y a la capacidad inversora.
Sector estratégico para el crecimiento económico
En los últimos años, también gracias a los recursos extraordinarios puestos a disposición por el Pnrr, las inversiones en eficiencia energética han registrado un crecimiento significativo. Una respuesta positiva del sistema nacional a una oportunidad importante que, sin embargo, abarcaba una dimensión temporal limitada y no estaba vinculada a la planificación industrial. El siguiente paso es definir un marco de objetivos claros, posibilitado por reglas estables y herramientas estructurales a largo plazo. Las cifras muestran hasta qué punto el mercado de servicios energéticos puede desempeñar un papel estratégico en el crecimiento económico: es un sector que pesa actualmente alrededor de 17 mil millones de euros y podría alcanzar los 40 mil millones en 2030. Lo que importa, además del tamaño del mercado, es la calidad del impacto que puede generar: reducción de la factura y mayor previsibilidad de los costes, menor exposición a la volatilidad, modernización de los bienes públicos y resiliencia del sistema industrial. En la era post-Pnrr, el sector privado y la Administración Pública tienen necesidades diferentes y requieren herramientas distintas. En el sector privado es necesario un cambio de paradigma. La energía debe ser considerada como un motor estratégico, no sólo para quienes la producen sino también para quienes la utilizan. Necesitamos una visión integrada que vaya más allá de la lógica de intervenciones específicas y adopte un enfoque sistémico con impacto a largo plazo. Una combinación de eficiencia, generación distribuida y almacenamiento puede generar ahorros de hasta 6 mil millones de euros al año y un potencial de 5 mil millones de euros. de mayor volumen de negocios real al año, contribuyendo significativamente a aumentar la competitividad del sistema industrial y liberando recursos para reinvertir en innovación y crecimiento.
Multiplicador de capacidad de inversión pública
Las ESE pueden desempeñar un papel decisivo, añadiendo a la capacidad financiera las habilidades necesarias para que las inversiones sean concretamente viables. Modelos como los EPC (contratos de rendimiento energético), los PPA (acuerdos de compra de energía) y las soluciones Capex-light permiten a las empresas beneficiarse de los resultados de intervenciones complejas sin desviar recursos de su negocio principal. El razonamiento sobre la financiación privada se aplica aún con más fuerza a la Autoridad Palestina. El sector público tiene una enorme necesidad de redesarrollo energético, pero no puede satisfacerla solo con recursos públicos directos. El capital privado puede convertirse en un multiplicador de la capacidad de inversión pública: para 2030, el sector de servicios energéticos podría movilizar recursos equivalentes a aproximadamente el doble del gasto estatal, generando ahorros en facturas estimados en casi 500 millones de euros cada año. Necesitamos fortalecer herramientas como las alianzas público-privadas, que nos permitan planificar intervenciones integradas, realizar las mayores inversiones iniciales y distribuir los beneficios en el tiempo.
La próxima fase requiere un cambio de estrategia: procesos estables y predecibles para las AP, empresas e inversores, coherencia entre herramientas y menor superposición regulatoria, con incentivos centrados en los resultados. Si logramos construir un marco regulatorio estable y una arquitectura de sistemas más eficiente, el post-PNRR podría representar una etapa decisiva: una en la que la transición energética se convierta en una palanca estructural para la competitividad, el crecimiento y la modernización del país.
*CEO, Engie Italia