La nostalgia siempre tiende a embellecer el pasado. Cuando, en pleno otoño, recordemos este tórrido verano, nos aparecerá como un momento folclórico de nuestra existencia. Impulsados por las primeras heladas invernales, recordaremos con cariño nuestras noches de insomnio. Llegaremos a poner en perspectiva el sufrimiento sufrido. Si realmente hacía tanto calor, nos preguntaremos, y en el recuerdo lejano de nuestros recuerdos, la ola de calor acabará manifestándose en forma de días tórridos pero, en definitiva, perfectamente soportables.
Así va el corazón del ser humano. Por encima de todo, vivimos el momento y para el momento. A medida que pasa el tiempo, nuestros tormentos van perdiendo intensidad. Nuestros desamores acaban convirtiéndose en tristezas que se superan rápidamente. Por necesidad, para no dejar que el pasado nos trague, olvidamos cuánto nos afectó. Tanto es así que nunca sacamos conclusiones de tragedias pasadas, más aún cuando han estado dispersas, dispersas a lo largo de los últimos meses.
Covid-19 está aquí para recordárnoslo. En el apogeo de su presencia, cuando marcó el fluir de nuestros días, todos nos juramos que nuestra vida cambiaría por completo. Que era el fin de nuestras existencias nómadas, de nuestros viajes aéreos hasta los confines de la tierra, de nuestro estilo de vida consumista. Queríamos más lentitud, más dulzura, más naturaleza, una clara desaceleración en nuestra forma de actuar.
El resto lo sabemos. Con Covid-19 detrás de nosotros, solo nos tomó unas pocas semanas volver a nuestros viejos hábitos. De un día para otro, todas nuestras promesas de cambio se hicieron añicos y nuestras vidas retomaron el mismo camino que tenían antes de que comenzara la pandemia. No hemos cambiado absolutamente nada en nuestro comportamiento. Incluso íbamos aún más rápido, como si tuviéramos que recuperar el tiempo perdido. Habíamos pensado que la pandemia abría una nueva era, donde sólo fue un breve paréntesis, un momento de respiro marcado por una intuición lamentablemente fugaz.
Inconscientemente sabemos cómo nuestro comportamiento actual nos está empujando directamente al precipicio, pero estamos tan aprisionados en nuestros hábitos que, sin intervención externa, estamos condenados a repetir los mismos errores.
Con esta ola de calor pasará lo mismo. Por muy preocupados que estemos hoy por nuestro futuro en esta Tierra, por muy preocupados que parezcamos estar por los problemas del calentamiento global y la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida, no pasará mucho tiempo antes de que estas preguntas dejen de atormentarnos. Es un placer volver a nuestra vida anterior, una vida orientada a la satisfacción de deseos que están todos en contradicción con las necesidades dictadas por el deterioro de nuestro planeta.
No habrá una gran velada, no habrá cambios profundos en nuestras formas de ser. Nuestras preocupaciones no desaparecerán, pero se desvanecerán ante la fuerza de nuestros deseos, esa necesidad que hay en nosotros de disfrutar la vida sin obstáculos, de disfrutarla al máximo, es decir, de forma ilimitada. Nuestra razón puede advertirnos de los peligros que entraña, pero siempre le ofreceremos mil excusas para no escucharla.
No deberías esperar nada de nosotros. No seremos razonables de la noche a la mañana. El recuerdo de los días pasados luchando contra los efectos de la ola de calor no ayudará contra la fuerza de la costumbre. Seguiremos dañando esta Tierra no por sadismo o masoquismo, sino porque somos incapaces de dejar de vivir de forma frenética, desordenada y en última instancia destructiva.
Sólo palabras políticas fuertes y decididas podrían salvarnos del inminente naufragio. Una voz tranquila y razonada capaz de abrirse paso en nuestras conciencias. No en forma de sermón o de llamada al orden, sino de una petición que tenía tono de verdad. Inconscientemente sabemos cómo nuestro comportamiento actual nos está empujando directamente al precipicio, pero estamos tan aprisionados en nuestros hábitos que, sin intervención externa, estamos condenados a repetir los mismos errores.
No hay otra manera. Es mediante la restricción que podremos frenar los efectos del calentamiento global.
Sin embargo, queremos cambiar, lo queremos de verdad, pero lo queremos como el alcohólico que, consciente del daño que causa su consumo, queriendo poner fin a él, se muestra incapaz de hacerlo porque su cuerpo requiere su cuota diaria de alcohol. Sólo la desintoxicación le ayudará a romper con estos hábitos mortales. Nosotros también debemos recuperar la sobriedad, es por nuestra propia salvación, pero hasta que la política no nos obligue a hacerlo con medidas restrictivas y coercitivas, seguiremos corriendo voluntariamente hacia la catástrofe.
Lo que necesitamos no es un mesías, sino hombres y mujeres de buena voluntad que, provenientes del sufragio universal, sean lo suficientemente valientes y educados para imponernos levantamientos radicales. No hay otra manera. Es mediante la restricción que podremos frenar los efectos del calentamiento global. Racionar el consumo de carne, prohibir volar más de una vez al año, limitar el consumo de agua… En definitiva, un verdadero y auténtico cambio de civilización.
Basta decir que estamos en malas condiciones.
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