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Francia se encuentra en un punto de inflexión decisivo. Inseguridad creciente, inmigración descontrolada, secularismo atacado, deuda abismal, industria debilitada, poder adquisitivo decreciente, servicios públicos inadecuados: los desafíos se están acumulando. Ante esta alarmante observación, la derecha republicana debe recomponerse y pasar a la ofensiva. A pesar de los insultos sufridos, es la única fuerza política capaz de proponer una alternativa sólida, combinando orden y libertad. Ni la izquierda socialista, sumida en sus contradicciones, ni los herederos de Emmanuel Macron, prisioneros de su primacía, pueden pretender encarnar la recuperación de Francia.

Por eso dos adversarios, que sueñan con compartir el monopolio de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, han hecho de nuestra eliminación su prioridad: La Francia insumisa y la Agrupación Nacional. Para ellos somos el obstáculo a desmantelar, la alternativa creíble que podría impedir que se produzca su duelo. Debe hacerse todo lo posible para romper este escenario de batalla final entre los dos lados del mismo estancamiento.

LFI promete una revolución permanente y un caos presupuestario. Sus líderes navegan por el antisemitismo y se comprometen con el islamismo político. Su comunitarismo terminará fracturando la República multiplicando derechos diferenciados y demandas de identidad. Su programa económico es simple: caza de los “ricos”, instauración de los celos como sistema, gasto público ilimitado. LFI es Francia dividida y arruinada.