comienza el verano en seis semanas, y miles de familias europeas ya están viendo cómo se desvanecen sus vacaciones. Lufthansa cancela 20.000 vuelos de corta distancia de aquí a octubre, SAS cancela 1.000, Transavia de 500 a 600. La lista sigue creciendo. La razón esgrimida: el aumento del precio del queroseno, que pasó de 750 a 1.900 dólares la tonelada desde el 28 de febrero. Más allá de las cancelaciones, el precio de los billetes está aumentando considerablemente: del +15 al 30% según el destino*.
Un París-Barcelona pasó de 98 a 126 euros en una semana. Air France cobra 100 euros más en vuelos de larga distancia. Estas decisiones no son inevitables, sino una elección: pasar el costo de la guerra a los consumidores. (…) El combustible representa actualmente el 45% de los costes de las aerolíneas, frente al 25% antes de la crisis. La Agencia Internacional de Energía estima que Europa tiene “quizás sólo seis semanas” de suministro de combustible para aviones.
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“Necesitamos tres proyectos”
En vista de ello, el paquete presentado por la Comisión el 22 de abril – Observatorio de los combustibles, adaptación del tragamonedas– es ridículo. Instamos a la Comisión y a los Estados miembros a que preparen inmediatamente un plan de ayuda directa a las empresas más expuestas en forma de préstamos, condicionado al pleno respeto de los derechos de los pasajeros y a la preservación de los puestos de trabajo, como hicimos durante la crisis sanitaria.
Esta crisis revela las fragilidades estructurales de las empresas europeas y tres áreas son esenciales. Poner fin a la competencia desleal: las empresas subvencionadas por petromonarquías se benefician de un acceso sin reservas al mercado único sin tener que cumplir sus reglas. Pienso, por ejemplo, en el acuerdo de aviación UE-Qatar, que he denunciado varias veces y que está tendiendo la alfombra roja a Qatar Airways.