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En este Día Internacional de la Convivencia Pacífica, es hora de dejar de lado los hechizos. Porque lo que todavía llamamos “convivencia” – expresión desgastada, tecnocrática y a veces incluso rechazada – en realidad cubre una emergencia política: la de crear sociedad en un país atravesado por fracturas sociales, territoriales y culturales que el debate público tiende con demasiada frecuencia a amplificar en lugar de reparar. Cuando los discursos dominantes pintan divisiones, debemos afirmar una creencia simple: la sociedad se mantiene o cae dependiendo de cómo esté organizada para incluir o excluir.

Ser sociedad no es una cuestión de moralidad ni de postura. Esto requiere decisiones políticas concretas: ¿quién cuenta plenamente? ¿Quién tiene realmente acceso a los derechos esenciales? ¿Quién se beneficia de las inversiones colectivas? En otras palabras, la cohesión social no se basa en intenciones sino en una arquitectura colectiva, diseñada para perdurar en el tiempo.

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Sin embargo, llevamos demasiado tiempo pensando en el pasado. Nos oponemos a las políticas “para el mayor número” a las medidas dirigidas a los más vulnerables, percibidas como costosas, específicas e incluso secundarias. Este es un profundo error. Una sociedad fuerte está diseñada para abarcar todas las situaciones, incluidas las más vulnerables. No son las personas marginadas las que tienen que adaptarse al sistema; es el sistema el que debe ser lo suficientemente robusto como para no producir ninguno.

La fragilidad nunca permanece confinada

La evidencia está en todas partes. Diseñar el acceso a la atención basándose en situaciones precarias mejora todo el sistema: prevención reforzada, hospitales que no obstruyen, vías de atención estabilizadas. Pensar la ciudad desde la perspectiva de la discapacidad produce espacios públicos más seguros y fluidos para todos. Invertir en salud mental y en la lucha contra las adicciones reduce de forma sostenible las emergencias, las separaciones y los costes humanos y financieros.

Lo que protege a los más excluidos protege siempre a lo común.

Porque sí, esta elección también es responsable desde el punto de vista económico. Las políticas de inclusión generan retornos mensurables: acceso al trabajo, contribuciones sociales, consumo, contribuciones fiscales. Por el contrario, no invertir hoy transfiere los costos al mañana: explosión del gasto de emergencia, saturación de los servicios, debilitamiento de los vínculos cívicos, sensación de inseguridad. La desintegración social siempre cuesta más que la prevención.

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Además, no existen dos categorías de políticas: las “para otros” y las relacionadas con el interés general. Lo que protege a los más excluidos protege siempre a lo común. Lo que negamos a algunos inevitablemente debilita al conjunto. La fragilidad nunca permanece confinada: lo que no se trata colectivamente siempre acaba convirtiéndose en un problema compartido.

Una elección democrática

Ser sociedad significa también estar concretamente juntos. Reunirnos, hablar entre nosotros, compartir lugares y experiencias comunes. En residencias de ancianos accesibles gracias a tarifas adecuadas, en cafés comunitarios, en guarderías, en centros de salud o en centros juveniles, se crean conexiones entre caminos de vida que todo parecía separar.

En Villa Saint-Camille, cerca de Cannes (Alpes Marítimos), un lugar único reúne a personas mayores, personas sin hogar, antiguos pacientes de rehabilitación y visitantes de paso. Compartimos una mesa, un espacio, una conversación. Sin ordenar, sin asignación. Estos lugares no tienen un objetivo: unen a la gente. Crean algo común.

Ser sociedad también significa responder a la fragmentación política.

Esta elección es también una elección democrática. Las investigaciones muestran que estar encerrado en identidades fijas alimenta dinámicas de intolerancia. Por el contrario, todo lo que crea elementos comunes (prácticas, instituciones, experiencias compartidas) fortalece la tolerancia y la estabilidad. Ser sociedad también significa responder a la fragmentación política.

En el grupo SOS estos principios no son teóricos. Son el día a día de miles de profesionales de los sectores sociales y asistenciales, comprometidos en toda Francia para ayudar a todos, en todas las edades. En momentos de quebrantamiento como en momentos de alegría, nuestro objetivo es simple: mantener unidos los hilos de la sociedad.

A nuestro lado, miles de asociaciones apoyan este modelo. Un modelo independiente, sin dividendos, que reinvierte cada euro al servicio del interés general. Un modelo que demuestra cada día que la cohesión social no es un eslogan sino una construcción concreta.

Este sábado 16 de mayo, recordémoslo claro: no se puede decretar la constitución de una sociedad. Está construido, organizado y mantenido. No hacerlo significa aceptar la fragmentación. Hacerlo significa optar por permanecer unidos.

*El grupo SOS, uno de los principales actores de la economía social y solidaria, diseña y gestiona soluciones sanitarias y sociales al servicio de toda la sociedad, incluidas las personas más excluidas.

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