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Las escenas de júbilo se repiten sin cesar cuando un equipo gana. Por el contrario, el mismo desaliento se apodera de los perdedores. Rostros contorsionados, distorsionados por el dolor, el dolor causado por la derrota, la cabeza enterrada entre las manos o escondida bajo una camiseta, estas son las últimas imágenes que habrán acompañado a los jugadores de la selección francesa en esta semifinal con un falso aire de tortura. Pau Cubarsi y Fabián Ruiz habrán intentado levantar a Désiré Doué, Mike Maignan y Ousmane Dembélé levantarán a un Manu Koné ahogado en un torrente de lágrimas, nada en este martes asfixiante les permitirá escapar de la cruel realidad.

“Se hizo un silencio en el vestuario porque no estábamos en camino de llegar a la final”, susurró Maxence Lacroix, invitado a sustituir rápidamente a William Saliba, cuya espalda fue bloqueada en el minuto 28 este martes por la tarde en Arlington, en las afueras de Dallas. “Los jugadores estaban devastados. Son competidores”, repitió Didier Deschamps, con el rostro cerrado, en una rueda de prensa tras la lección dada por el fútbol español (2-0) en la semifinal del Mundial.

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