Mientras los burlones acogieron con agrado la propuesta de Donald Trump “canjear” Groenlandia, el tono ha cambiado a principios de 2026. La oferta -ahora cuantificada- de 10.000-100.000 dólares por cada uno de los 57.000 habitantes de la isla ya no es una broma, sino el caballo de Troya de una agresiva estrategia de seducción. Porque hay un punto ciego jurídico que Bruselas pretende ignorar: Groenlandia no necesita el visto bueno de la Unión Europea para cambiar su destino.
La primera paradoja reside en el estatus de la isla. Aunque Dinamarca es un pilar de la UE, Groenlandia abandonó la organización ya en 1985. Hoy en día, simple “países y territorios de ultramar” (PTU), el territorio está vinculado a Bruselas únicamente por un acuerdo de asociación. Por pura ley, si Nuuk decide cambiar su estatus internacional, la UE no tiene poder de veto. La jurisdicción es estrictamente bilateral entre la capital groenlandesa y Copenhague. Los europeos podrían convertirse en espectadores de una transacción que se les escapa en su propio flanco ártico, sin la más mínima influencia legal formal para prohibirla.