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Al principio hubo algo de regusto en el pad thai de camarones. Una apuesta segura, eso sí, un marisco impecable. Pero a Antoine le cabreaba obligar a un desconocido a andar en bicicleta bajo la llovizna. Encontrarse siguiendo el avance de la bicicleta desde el móvil y, ¡peor aún!, acabar, en días de mucha hambre, molesto por una misteriosa rotura en una esquina. Antoine logró combinar su vergüenza y su alegría hasta este pedido, a la hora del almuerzo. El repartidor lo llama, desesperado: acaba de sufrir una colisión con un coche, la matrícula se ha derramado, lo siente, se la sustituirá a su cargo. “Lo encontré en la calle, con una pierna rota y su bicicleta medio dobladaexplica antonio. Tomé el pedido, por supuesto, le dejé una gran propina y le di cinco estrellas. Después de eso, dejé los andenes. »

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Antoine, un parisino de treinta años, es un chico lleno de matices: no pretende transformar esta desventura en un cuento moral ni culpar a los seguidores de Deliveroo, UberEats o Frichti. No tenemos muchos escrúpulos en las redes sociales. Ya sea nieve, viento o una ola de calor, el tema genera la misma corriente de diatribas: “Hay que ser un completo bastardo para hacer trabajar a los pobres en estas condiciones” contra “Los pobres en cuestión necesitan este trabajo, no es la moralidad de las heridas lo que los alimenta” – como si los ciudadanos ricos fueran los únicos a cargo y que, entre ellos, los masticadores de quinua (o pad Thai) de la izquierda tuvieran el monopolio de la procrastinación ética.

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