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15 años después de aquel lejano 20 de octubre de 2011, el desierto libio vuelve a estar ensangrentado y esta vez el disparo sacude los cimientos mismos de la fragmentada y heterogénea transición política del país. Saif al-Islam Gaddafi, el hijo más carismático y controvertido del fallecido Rais Muammar Gaddafi, murió en violentos enfrentamientos armados cerca de al-Zintan, un bastión montañoso al suroeste de la capital.

La noticia, inicialmente difundida por el Observador Libio y luego confirmada por varios periódicos locales y agencias internacionales, marca un punto de no retorno para la facción que todavía veía en el “Dauphin” la única posibilidad de una restauración según los fundamentos del famoso “pequeño libro verde” escrito y editado por su padre.

La dinámica del conflicto sigue siendo inconsistente, pero las primeras reconstrucciones describen una emboscada o un enfrentamiento directo entre milicias rivales en una zona durante mucho tiempo inestable. La localidad de al-Zintan, que lo mantuvo prisionero durante años antes de transformarse paradójicamente en su escudo protector, se convierte hoy en el escenario de su salida definitiva de escena.

El heredero “verde” entre reforma y represión

Saif al-Islam nunca fue un simple heredero dinástico, sino siempre algo más. Considerado durante años como la cara “culta” y liberal del régimen, se había ganado una reputación internacional gracias a su título de arquitecto y a sus brillantes estudios en la London School of Economics y a su aparente deseo de modernizar Libia. Antes del levantamiento de 2011, era el interlocutor privilegiado de las cancillerías occidentales, el hombre que negoció la liberación de los presos políticos y prometió una transición hacia una forma de democracia constitucional. Sin embargo, el sueño de los reformadores se hizo añicos con el inicio de la Primavera Árabe. En el momento crucial, Saif optó por la lealtad al clan, apareciendo en televisión en tono belicoso y amenazando con “ríos de sangre” contra los rebeldes. Esta metamorfosis marcó su condena internacional: la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra él por crímenes contra la humanidad, acusándolo de haber planeado la represión violenta de manifestaciones civiles con su padre.

El peso de un fantasma político

Tras la caída de Trípoli y la muerte de Muammar Gaddafi en octubre de 2011, la parábola de Saif parecía haber terminado con su captura en el desierto por las brigadas de al-Zintan. Durante casi una década, su figura permaneció suspendida en un limbo físico y legal contemporáneo: condenado a muerte por un tribunal de Trípoli, pero protegido por sus carceleros que se negaron a entregarlo. En los últimos años, Saif al-Islam había vuelto a convertirse en un “fantasma” políticamente activo. A pesar de su ocultamiento y de sus muy raras apariciones públicas, su candidatura a las elecciones presidenciales había aterrorizado a los nuevos centros de poder y, al mismo tiempo, había despertado la esperanza de una parte de la población nostálgica de la estabilidad de la época del coronel, la única época en la que Libia era un país firme y constante en su política.

Su muerte hoy no sólo elimina a un competidor político, sino que cierra simbólicamente el último vínculo directo con el régimen que moldeó el destino y la política de Libia durante cuarenta y dos años. Ahora queda por entender cómo reaccionarán las tribus leales a Gadafi y si este vacío de poder alimentará nuevas espirales de violencia o si, paradójicamente, obligará a las facciones restantes a firmar un acuerdo de paz definitivo, aunque difícil.



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