Hay un momento, al entrar en las grandes salas del Museo Long, donde el titanio deja de ser un metal; pierde su carácter industrial, su asociación con la tecnología y la ingeniería, para convertirse en algo inesperado, un cuerpo vivo, una piel atravesada por la luz, un contenedor de memoria, de conciencia, de espiritualidad.
Ésta es la sorprendente revelación de “Vessels of Other Worlds”, la monumental exposición que Shanghai dedica a Wallace Chan con motivo de su septuagésimo cumpleaños. No una simple retrospectiva, sino un viaje inmersivo en el pensamiento de uno de los artistas más originales del panorama asiático contemporáneo, capaz de cruzar disciplinas, culturas y religiones para construir un lenguaje completamente personal.
Comisariada por James Putnam, la exposición dialoga idealmente con la exposición veneciana paralela instalada en la capilla de Santa Maria della Pietà durante la Bienal de Arte, transformando Shanghai y Venecia en dos extremos de la misma historia. Dos pueblos de agua, dos mundos lejanos que se reflejan uno en el otro a través de obras, imágenes y referencias simbólicas, como si la distancia geográfica fuera sólo una ilusión.
Pero es en el Museo Long donde el proyecto alcanza su máxima expansión, porque es precisamente aquí donde la escultura se convierte en entorno, arquitectura, experiencia sensorial. El visitante atraviesa pasillos casi iniciáticos que reconstruyen el viaje creativo del artista, desde las famosas series Titanes, Totem y Trascendencia hasta el corazón de la exposición: tres gigantescos jarrones de titanio de siete, ocho y diez metros de altura.
Se trata de presencias monumentales, aquellas que Wallace escenifica de manera casi teatral, pero sorprendentemente ligeras en su mirada. Sus esculturas, una extraordinaria síntesis entre los símbolos de la tradición taoísta y visiones futuristas y a veces distópicas, recuerdan a naves espaciales aterrizadas en una época lejana o a relicarios pertenecientes a una civilización lejana, tal vez de otro planeta.
Su piel metálica refleja la luz con tonalidades amarillas, rojas y azules creadas como por arte de magia por miles de elementos de titanio, engranajes y decenas de miles de tornillos conforman una estructura tan compleja como armoniosa, donde cada detalle tiene significado. Imágenes de figuras humanas, recién nacidos que parecen caminar, rostros suspendidos, criaturas fantásticas, animales mitológicos, discos reflejados: un universo iconográfico que entrelaza la cosmología budista, la imaginería china y las sugerencias occidentales.
Una de las grandes instalaciones invita incluso al público a entrar; una vez cruzado el umbral, el visitante se encuentra inmerso en un espacio caleidoscópico, donde las superficies reflectantes multiplican infinitamente imágenes y perspectivas.
Es una evolución natural del famoso Wallace Cut, la revolucionaria técnica de grabado tridimensional de piedras preciosas inventada por Chan en la década de 1980, mediante la cual la luz deja de incidir simplemente en la superficie y se convierte en parte de la obra misma. Hoy, esta intuición nacida en el mundo de la alta joyería se transporta a la dimensión monumental de la escultura.
Y esta es quizás precisamente la clave para entender a Wallace Chan, quien durante décadas fue uno de los mayores innovadores del arte joyero contemporáneo. Sus creaciones, consideradas auténticas obras maestras de invención técnica y poética, han redefinido la relación entre piedra preciosa y escultura, transformando la joyería en un microcosmos narrativo. Luego vino otra etapa de la vida, un tiempo de silencio.
A principios de la década de 2000, Chan decidió retirarse por un tiempo como monje budista, renunciando a los bienes materiales y eligiendo una disciplina de meditación y contemplación. No un simple paréntesis, sino una transformación radical. Luego regresa a la creación, pero con una perspectiva radicalmente diferente.
Wallace abandonó progresivamente el preciosismo de las piedras preciosas para ocuparse de materiales pobres como el hormigón, el cobre y el acero, hasta llegar al titanio, “un material eterno” destinado a convertirse en el material simbólico de su investigación.
Esta no es una elección aleatoria. El titanio es uno de los metales más fuertes que existen: muy ligero, casi eterno, resistente a la corrosión. Un material que parece desafiar el tiempo.
Sin embargo, Chan lo dobla con un lenguaje sorprendentemente educado, haciendo que el metal pierda toda dureza, doblándolo casi como si fuera tela, abriéndolo a formas orgánicas, convirtiéndolo en piel, membrana, aliento. La fuerza técnica nunca es una exposición, sino una herramienta para hablar de lo invisible y al artista le gusta definir estos gigantescos contenedores como metáforas del cuerpo humano.
Un jarrón no sólo contiene algo material, sino que puede contener tiempo, recuerdos, emociones, conciencia; puede convertirse en un lugar espiritual. Así, los grandes contenedores que dominan la exposición acaban representando el ciclo mismo de la existencia: nacimiento, crecimiento, renacimiento.
Es un pensamiento que surge también del encuentro entre Oriente y Occidente: las tres obras monumentales están de hecho inspiradas en los aceites sagrados utilizados en la tradición católica para los ritos de bendición, pero su lectura está íntimamente ligada a la filosofía budista, al concepto de transformación continua y a una visión del universo en la que cada elemento está conectado con los demás, sin fronteras ni separaciones rígidas.
Las gigantescas cabezas de la serie Titanes, suspendidas entre rasgos humanos y arquetipos atemporales, parecen evocar simultáneamente a Buda y a un ser extraterrestre. Sus rostros inmóviles parecen observar al visitante con una antigua serenidad, mientras en su interior otras cabezas se repiten sin cesar en una especie de vértigo visual que sugiere la idea de un eterno retorno.
Asimismo, las grandes esculturas dedicadas a los sentidos –ojos, nariz, boca, oídos– cuestionan la relación entre percepción y conciencia. Vemos el mundo, parece sugerir Chan, pero rara vez observamos las herramientas a través de las cuales lo percibimos y la experiencia de la realidad siempre pasa a través de filtros invisibles.
Y luego sus obras monumentales transforman el museo en un espacio casi meditativo, donde el material más resistente conocido por el hombre se vuelve sorprendentemente frágil, poético, luminoso.
Y esa es quizás la lección más valiosa de Wallace.
Chan entrega al público: el arte no sirve para hacer inmortal la materia, sino para recordarnos que incluso lo que parece eterno sólo encuentra significado cuando logra preservar la frágil y misteriosa experiencia de estar vivo.