Cuando el vicepresidente estadounidense, JD Vance, dijo que el Papa Leo debería tener cuidado al comentar cuestiones teológicas, muchos pensaron que se trataba de un extraño disparate, la próxima escalada en el creciente circo político con el que Donald Trump y sus seguidores mantienen al mundo en vilo. Tras una segunda mirada, la observación de Vance es muy reveladora. No se caracteriza, como podría suponerse, por la exuberancia narcisista o el cálculo de romper tabúes para reducir los umbrales morales y aumentar los niveles de atención. Articula la autoimagen de una camarilla de personas en el poder y empresarios cuyo reclamo apunta a lo absoluto.