Información para recordar
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La retirada de 5.000 tropas estadounidenses de Alemania marca un punto de inflexión: Washington pone un precio explícito a su paraguas de seguridad en Europa.
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Entre amenazas de embargo contra España, presiones sobre Italia y un esperado aumento de los presupuestos de defensa, la OTAN está pasando de un modelo de seguro colectivo a una relación proveedor-cliente.
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Para los europeos, este es el momento de decidir si los miles de millones adicionales se destinarán a “pagar la suscripción estadounidense” o a construir una autonomía estratégica real.
5.000 soldados estadounidenses abandonarán Alemania, o alrededor del 15% de un contingente de unos 35.000 soldados, la presencia estadounidense más fuerte en Europa. El anuncio del Pentágono se produce en el contexto de la guerra contra Irán, mientras Estados Unidos bombardea objetivos iraníes desde hace dos meses y la diplomacia flaquea.
Pero lo que sorprende a Berlín no es la reducción en sí; ésta es la justificación: Washington no propone una nueva doctrina militar ni un redespliegue en el Indo-Pacífico como en la era Obama. El mensaje es político: la retirada se presenta como respuesta a las declaraciones “inapropiado y contraproducente” del Canciller Friedrich Merz, culpable a los ojos de Donald Trump de haber juzgado que Irán “humillar” Estados Unidos y que Washington no tiene una estrategia de salida. El presidente de la primera potencia mundial está consternado; se venga.
Volver a antes de la invasión de Ucrania
En concreto, una brigada de combate tiene que abandonar el territorio alemán y el batallón de artillería de largo alcance, esperado desde hace mucho tiempo, finalmente no llegará. Todo en seis a doce meses, con un objetivo declarado: volver a un nivel de presencia “anterior a 2022”, es decir, anterior al refuerzo decidido tras la invasión de Ucrania.
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En Berlín los militares están atónitos. Recuerdan que Alemania ha demostrado toda la buena voluntad del mundo: autorizó el uso de sus bases y la apertura de su espacio aéreo para las operaciones estadounidenses contra Irán; acaba de validar un presupuesto para 2027 con un aumento neto del gasto en defensa. Sobre el papel, Alemania cumple todas las expectativas de los “buenos aliados”; en la práctica, un exceso del deducible público conlleva una reducción de la cobertura.
Se suponía que la OTAN no era una empresa de seguridad.
Para comprender la importancia de este punto de inflexión, debemos volver a lo que es la OTAN en su concepción original. El tratado de 1949 estableció una alianza político-militar defensiva: un ataque contra uno se considera un ataque contra todos. La lógica no es la de un contrato de servicios, sino la de un compromiso político: los miembros comparten los riesgos, no las facturas.
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La financiación refleja esta filosofía. Los presupuestos estrictamente comunes de la OTAN (operaciones civiles, estructuras militares, grandes inversiones en infraestructuras) representan varios miles de millones de euros al año, financiados según una clave de distribución vinculada a la riqueza de cada país. La mayor parte del esfuerzo proviene de los presupuestos de defensa nacional, que cada Estado asigna a sus propias fuerzas, excepto que se compromete a ponerlos a disposición de la Alianza cuando sea necesario.
Durante años el debate ha cristalizado en torno a una cifra: el 2% del producto interior bruto se destinará a la defensa. Objetivo político, no obligatorio, fijado en 2014. Pocos países europeos lo han respetado. Trump ha explotado esta debilidad para presentar un argumento simple: los europeos están “aprovechando” el paraguas estadounidense sin pagar lo suficiente.
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Desde entonces ha surgido una nueva cifra: el 5%. Los miembros de la OTAN se han comprometido a aumentar el 5% de su PIB para “seguridad” en el sentido amplio de aquí a 2035. Para un país como Francia, esto representaría alrededor de tres puntos de PIB adicional, o alrededor de 90 mil millones de euros de gasto adicional cada año. En todo el continente, el esfuerzo acumulativo es colosal.
En una lógica cooperativa, este aumento del poder presupuestario debería fortalecer la capacidad colectiva y la participación europea en la defensa del continente. En la lógica que utiliza Trump, se convierte en algo más: un proyecto de ley atrasado. Los estadounidenses habrían retenido el paraguas durante demasiado tiempo a un precio amigable; ahora la votación baja. Y si no se resuelve Pronto –tanto en términos monetarios como de alineación política– la cobertura se reduce.
España, Italia, Alemania: el club de los “clientes difíciles”
Alemania no es el único supuesto “punto muerto”. Durante el mismo período, España e Italia también fueron tratados como clientes recalcitrantes. Cada uno por motivos diferentes, pero según la misma gramática: tropas, comercio y reputación pública.
Madrid primero. El gobierno español se ha negado a permitir que sus bases y su espacio aéreo sean utilizados para atacar a Irán. Una decisión difícil, dado que Estados Unidos cuenta con dos infraestructuras clave: la base naval de Rota, centro de despliegues en el Mediterráneo y el Atlántico, y la base aérea de Morón, que sirve de trampolín hacia Oriente Medio y África.
La respuesta de Trump: la amenaza de un embargo comercial total contra España, pronunciada en público. Entre bastidores, en el Pentágono se estudian escenarios, también en vista de la suspensión de España de la OTAN. La protección militar va acompañada de chantaje económico y diplomático.
Para la economía española, un embargo americano no sería una abstracción. Esto afectaría las exportaciones agrícolas, la industria y algunas cadenas de valor industriales y enviaría una señal tóxica a los inversores. Para la Unión Europea, esto sería una prueba de tamaño real: ¿cómo reaccionar ante un aliado que estrangula comercialmente a uno de sus miembros sin dejar de ser la columna vertebral de su defensa?
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Roma después. Giorgia Meloni, considerada durante mucho tiempo una aliada política de Trump, provocó la ira del presidente estadounidense por su apoyo considerado demasiado tibio a la guerra en Irán y por una actitud considerada demasiado dócil hacia el Papa. Cuando se le pregunta sobre una posible retirada de tropas de Italia, Trump responde “probablemente”, lo que pretende ser tanto una amenaza para Roma como una advertencia general.
Para Italia la perspectiva no es neutral: la presencia estadounidense estructura su papel en el Mediterráneo, su peso en la OTAN y parte de su influencia diplomática. Incluso en este caso la lógica es clara: pleno apoyo político y operativo, so pena de quedar relegados a la jerarquía de los “buenos clientes”.
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Finalmente, Alemania acumula señales. Reducción de tropas y, al mismo tiempo, se habla de posibles aumentos de derechos de aduana a las exportaciones de automóviles a Estados Unidos. Hablamos de un sector que es la firma industrial del país, su principal motor exportador y uno de los símbolos de su superávit comercial. El mensaje enviado a Berlín es doble: si desafías nuestra estrategia militar, también pagarás económicamente.
Este conjunto de casos esboza un método: la defensa ya no es un bien público compartido, sino un catálogo de servicios militares, cada uno acompañado de una escala de recompensas (presencia mejorada, apoyo político, acceso privilegiado) y sanciones (retirada de tropas, sanciones comerciales, humillación pública).
Una alianza colectiva tratada como un contrato comercial
Sobre el papel, la OTAN sigue siendo una alianza. De hecho, se trata cada vez más como una adición a los contratos. El compromiso colectivo –la idea de que, en caso de una crisis importante, la respuesta sería automática– se ve erosionado por la idea de que debemos “merecer” esta solidaridad.
Esta brecha entre la letra de los tratados y la práctica política no es una disputa entre juristas. Va al corazón de la disuasión. La fuerza de una alianza como la OTAN se basa en la certeza, en la mente del adversario, de que el ataque contra un Estado miembro provocará inmediatamente una reacción de todos, empezando por Estados Unidos. Tan pronto como esta certeza se vuelve condicional -vinculada a una determinada votación, a una abstención, a una sentencia considerada hostil- el valor de la garantía disminuye.
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Para los países más expuestos, particularmente en Europa del Este, esta evolución es preocupante. Saben que siguen dependiendo del poder militar estadounidense, particularmente en lo que respecta a inteligencia, capacidades aéreas, defensa antimisiles y, sobre todo, energía nuclear. Si esta protección se convierte en una línea de precios, también puede convertirse en una línea de renegociación permanente.
Al mismo tiempo, la guerra contra Irán prácticamente está bloqueando el Estrecho de Ormuz, una ruta clave para el petróleo del mundo. Trump critica públicamente a los europeos por no enviar sus flotas para “abrir” el paso. Una vez más, el mensaje es simple: ustedes se benefician de la estabilidad energética por la cual pagamos los costos militares, y no están ahí. La factura aumenta, la paciencia disminuye.
En este contexto, el 5% del PIB prometido para seguridad adquiere un color particular. ¿Estos miles de millones adicionales financiarán capacidades verdaderamente autónomas: cadenas de producción, reservas de municiones, defensa aérea europea, algún día un paraguas nuclear? ¿O servirán principalmente para “comprar” el mantenimiento de la protección estadounidense pagando más y alineándose más rigurosamente?
Europa afronta la factura: pagar, renegociar o emanciparse
Lo que está en juego aquí es el equilibrio entre tres trayectorias posibles.
La primera, la más conveniente a corto plazo, consiste en aceptar la lógica de Trump: pagar más, tanto en términos de presupuesto como de alineación política, para garantizar la presencia estadounidense. En resumen, consideremos el 5% del PIB destinado a la seguridad como una especie de “bono” por permanecer bajo el paraguas estadounidense.
La segunda sería intentar renegociar colectivamente, a nivel europeo, la relación con Washington: aclarar qué forma parte del esfuerzo de defensa autónomo de los europeos y qué forma parte de la contribución a la OTAN, establecer contrapartidas claras para el aumento del esfuerzo presupuestario, poner garantías contra el uso de amenazas comerciales como herramienta de disciplina dentro de la Alianza.
El tercero, el más ambicioso pero también el más caro, sería dar pasos hacia una capacidad de defensa europea que reduzca la dependencia del paraguas estadounidense. Esto implica inversiones masivas, especialmente industriales, voluntad política sostenida y una respuesta a la pregunta tabú: ¿a quién pertenece el elemento de disuasión nuclear europeo y en beneficio de quién?
En cualquier caso, la retirada de 5.000 tropas estadounidenses de Alemania es una revelación. Esto demuestra que, para Donald Trump, la protección militar no es un deber sino un servicio; que los aliados ya no son socios iguales sino clientes, buenos o malos; y que la factura seguirá aumentando hasta que Europa sea capaz de decir lo que realmente quiere comprar –o producir por sí misma–.