¿Quién no ha sentido nunca una oleada de calor al abrir las noticias, o un nudo en el estómago ante el discurso de un líder, un proyecto de ley, una entrevista teñida de ironía? Si hay una constante en la política es que nunca faltan temas espinosos y controvertidos. La política llega regularmente a nuestra mesa, a menudo acompañada de una procesión de emociones fuertes… quizás más de las que pensábamos.
Nuestro organismo no trata las ofensas de los ciudadanos como disputas oficiales o decepciones amistosas. Cuando se enciende el debate público, también se enciende nuestra biología según un mapa corporal completamente nuevo. Esto es lo que acaba de demostrar un equipo de investigadores de psicología cognitiva, destacando el vínculo directo entre nuestras creencias y nuestras reacciones fisiológicas.
Para llegar a esta conclusión, el estudio, publicado por New Scientist, examinó cuidadosamente los sentimientos de casi mil voluntarios. El investigador Manos Tsakiris, profesor de la Royal Holloway, Universidad de Londres, les pidió que localizaran con precisión sus sentimientos en un diagrama corporal. Los resultados, traducidos en mapas de calor digitales, muestran que algunas palabras relacionadas con el terrorismo, el crimen o la injusticia social inflaman algunas regiones del cuerpo normalmente tranquilas.
De hecho, la ira clásica se concentraría más en los brazos y la cabeza, mientras que la ira política invadiría masivamente el torso y las extremidades. El asco, que normalmente se encuentra en el área digestiva, migra a la parte superior del cuerpo cuando se trata de asco “político” y se siente más como pura ira.
El instinto de la manada y la llamada del camino.
¿A qué se debe tal diferencia en el procesamiento de nuestro sistema nervioso? Para Manos Tsakiris la respuesta está en la naturaleza misma de la acción pública. Ante desafíos globales que van más allá de nosotros a escala individual, nuestros cuerpos secretan energía de emergencia. “El sentido de agencia que tenemos en política es bastante diferente, explica el científico. NoProbablemente no podamos cambiar las cosas solos. Será un esfuerzo colectivo”.
Por lo tanto, esta agitación interna no sería un error en el sistema, sino un combustible democrático. Es precisamente esta intensidad de la extraordinaria reacción física la que empujaría a los ciudadanos a levantarse de los sofás, reagruparse y salir a las calles a manifestarse: el cuerpo anticipa la necesidad de unirse al grupo para mover las filas, transformando una frustración abstracta en una verdadera fuerza motriz.
Este sobrecalentamiento, sin embargo, conlleva el riesgo de agotamiento: al vibrar por causas lejanas, se corre el riesgo de caer en la trampa del “rollo del destino”ese flujo ansioso y compulsivo de malas noticias que paraliza la mente y cansa el corazón. Para la Dra. Lisa Quadt, investigadora de la Facultad de Medicina de Brighton y Sussex, aprender a decodificar estas señales físicas es clave para seguir siendo un ciudadano comprometido sin sacrificar su salud.
“Nos gusta pensar en nosotros mismos como seres racionales, pero esto no tiene en cuenta cómo el cuerpo influye en nuestras decisiones, comportamientos y respuestas”recordar. Al tratar de estar más en sintonía con nuestras reacciones fisiológicas, aprendemos a responder inteligentemente en lugar de reaccionar impulsivamente. Un matiz sutil, pero que podría resultar vital para el futuro de nuestro debate público.