“Peter Pan”, de JM Barrie, traducido del inglés y editado por Philippe Forest, Jean-Michel Déprats y Cornelius Crowley, Gallimard, “Bibliotheque de la Pléiade”, 1.156 p., 67 euros.
La noche del estreno de Peter Pan, o el niño que no quiso crecer (“Peter Pan o el niño que no quiso crecer”), el 27 de diciembre de 1904 en el Teatro Duke of York de Londres, James Matthew Barrie (1860-1937) parecía un poco preocupado. A sus 44 años, es un dramaturgo reconocido, apreciado a ambos lados del Atlántico, pero no confía en la reacción del público ante una de las escenas que imagina. Por el bien de Peter, Campanilla, el hada, bebió en su lugar el veneno que el Capitán Garfio logró verter en su copa. Pronto ya no brilla. Él morirá. Las hadas sólo pueden vivir si creemos en ellas. Luego el actor que interpreta a Peter Pan se dirige a los espectadores: “ ¿Crees en las hadas? ¡Di ahora que lo crees! Si lo crees, ¡aplaude! » Barrie temía un silencio incómodo. La sala se derrumbará entre aplausos. Tink se salva. Y la pieza es un triunfo.
Neverland es esa tierra imaginaria donde volamos con pensamientos agradables y un poco de polvo de hadas. Allí transcurre una historia que habla de la eterna infancia, pero donde sin embargo el tiempo pasa en el vientre de un cocodrilo que se ha tragado un reloj. Una isla, el reino de un mocoso cruelmente inocente, donde se enfrentan piratas e indios pieles rojas, y que es también refugio de niños desaparecidos que una pequeña niña, Wendy, adoptará.
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