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En los casos de restitución de obras de arte saqueadas durante el período nazi, a menudo se esperan pruebas como la falta de registros de transacciones bancarias o certificados de propiedad. Mucho menos a una vaca que orina. Sin embargo, es precisamente este detalle iconográfico el que podría decidir el destino de un cuadro que todo el mundo pensaba que había sido pintado por Peter Paul Rubens, informa el New York Times.

La historia comienza con la familia de Abraham Adelsberger, un fabricante de juguetes judío alemán que había acumulado una importante colección de arte en la década de 1920. Entre las obras se encontraba un cuadro que representaba un paisaje bucólico, vacas junto a un lago y tres personas cuidándolas. Utilizada unos años más tarde como garantía bancaria, la obra acabó finalmente en los circuitos de liquidación forzosa de la Alemania nazi en los años 1930. En 1939, Abraham Adelsberger huyó del país y murió poco después en Ámsterdam.

Desde entonces sus descendientes han estado trabajando para realizar solicitudes de devolución de las obras de su colección. Durante décadas los herederos intentaron recuperar el cuadro de Rubens, convencidos de su autenticidad y su gran valor. La familia que actualmente lo posee siempre se ha negado, alegando que se trata sólo de una copia. Recientemente, un experto en el gran maestro de la pintura barroca ha reavivado el debate. Según él, en realidad no es original.

Un problema sin solución

Ante la polémica suscitada por el cuadro, el coleccionista privado cuya familia posee la obra decidió encargarlo a un experto, Nils Büttner. Tras un análisis exhaustivo, el hombre concluyó que el cuadro no fue pintado por el propio artista sino por una tercera persona de su taller. La obra original, conservada en un museo de Múnich, representa once vacas, una de las cuales aparece orinando, mientras que la copia sólo muestra diez.

Según Nils Büttner, esta undécima novilla fue repintada para aumentar el precio de venta del cuadro. “Este tipo de imágenes se consideraban inapropiadas para habitaciones a las que tenían acceso mujeres o niños”explica el experto en su informe. Según los estándares de la época, “Las miradas inocentes debían estar protegidas por un exceso de naturalidad”.

Este detalle iconográfico lo cambia todo: si la obra que posee la familia es sólo una copia de taller, su valor cae drásticamente (estimado en unos 250.000 dólares, o unos 215.000 euros). El supuesto original, sin embargo, podría superar el precio de mercado de 50 millones de dólares (unos 43 millones de euros).

Nils Büttner afirma que el pintor pintó cada uno de sus cuadros sólo una vez. También explica que ha examinado alrededor de 10.000 pinturas. “Alguien, en un momento dado, pensó que era de Rubens”. Su experiencia, sin embargo, no pone fin al debate, sino que complica aún más la restitución.

El actual propietario de la obra impugna la petición de los herederos, argumentando que se trata de una copia, mientras estos últimos siguen afirmando su vínculo histórico con el cuadro, al que consideran una pieza emblemática de su patrimonio familiar.



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