Y llegó el día de la final, el 17 de julio de 1994. En Los Ángeles, aquel verano, el termómetro nunca había superado los 30 grados. Pero la Italia de Sacchi aún no había llegado y, evidentemente, llevaba el calor en la maleta: 32 grados el día antes del partido, 36 en el momento del partido, a las 12.30 horas. hora local, con fuegos artificiales en un cielo tan brillante que sólo podíamos escuchar el sonido de los fuegos artificiales, sin ver nada. Recordemos eso el domingo, cuando España y Argentina se jueguen el título de 2026. Aquí serán las 9 p.m., pero en Nueva Jersey (¿por qué seguir diciendo Nueva York, es otro estado?) será mediodía, hará mucho calor y mucha humedad, por lo que llegar al octavo juego en un mes será un logro. Por eso el Brasil-Italia de 1994 no fue un gran partido, lento y a veces aburrido, 0-0 después de 120 minutos.
Flashbacks azzurri: el beso de Pagliuca en el poste que le dio una mano en el disparo de Branco; las lágrimas de un Baresi inmenso, incierto el día anterior pero sobre el terreno de juego hasta el final; el penalti lanzado al cielo por Baggio y con ello el adiós a nuestras esperanzas de victoria. Tres penaltis fallados sobre 5, Baggio y Baresi los recuerdan todos, pero el error de Massaro es quizás el que más pesó.