La guerra en Irán también está poniendo a prueba a Washington. Desde el 28 de febrero y los primeros ataques a Teherán, la administración Trump se ha visto afectada por una epidemia de salidas. Cada semana trae su parte de funcionarios guillotinados.
En los últimos días, dos nuevas figuras destacadas del equipo Trump han sido arrojadas por la borda: el 20 de abril, fue la ministra de Trabajo, Lori Chávez-DeRemer, quien, inmersa en varios asuntos, uno de los cuales supuestamente implicaba una aventura con una subordinada, se vio obligada a dimitir. Dos días después, el secretario de Marina, John Phelan, a pesar de ser muy cercano al presidente estadounidense, también fue desembarcado, por diferencias de opinión con el Pentágono.
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En total, la purga de primavera ya se ha cobrado cinco vidas, entre ellas la ministra de Justicia, Pam Bondi, y la jefa de Seguridad Nacional, Kristi Noem. “Semejante ola de salidas es muy rara en la historia reciente de Estados Unidos. dice Romuald Sciora, director del Observatorio Político y Geoestratégico Estadounidense Iris y autor de América 250 (Ediciones Punto Nemo). Normalmente, se nombra a miembros clave de la administración para que permanezcan en sus puestos. »
Para Amy Greene, experta asociada al Instituto Montaigne, este gran trastorno es una prueba de ello. “de una presidencia que no tiene métodos ni estrategias, que no tiene objetivos específicos”. Esto es especialmente cierto en el ámbito militar y en la conducción de la guerra, insiste el politólogo, que destaca la serie de despidos de altos oficiales, incluido el del jefe del Estado Mayor del ejército, hace tres semanas. Una señal terrible enviada al país.