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Mire una bombilla, una simple bombilla de bajo consumo de veinte vatios. Ahora piensa en tu cerebro. ¿Cuál de los dos consume más? Uno, dos, tres. Si respondiste al cerebro, te equivocaste, si respondiste a la bombilla (lo dudo), en realidad, el cerebro humano consume aproximadamente lo mismo que esta bombilla, veinte vatios. Lo cual no es poca cosa, teniendo en cuenta que representa el 20% de las necesidades energéticas de todo el cuerpo, pero muy poco en comparación con lo que éste, como nosotros, puede hacer. Con este pequeño poder reconoce recuerdos, controla el cuerpo, interpreta palabras, produce obsesiones, autoconciencia, obsesiones, cohetes espaciales, drogas, depresión existencial y, cuando las cosas van mal, incluso opiniones políticas que separan cerebros y a veces incluso parejas.

En cualquier caso, la inteligencia artificial, para imitar sólo algunas de estas funciones, necesita una enorme cantidad de energía, desde las centrales eléctricas hasta el agua, mucha agua para enfriar los centros de datos (qué especie más extraña somos: tenemos el problema de calentar las cosas y al mismo tiempo también el problema de no sobrecalentar el planeta y al mismo tiempo alguien siempre piensa en ir a Marte, que es inhabitable, como trasladarse al corazón de Chernobyl).

Por cierto, hay noticias interesantes desde Princeton, donde un grupo de investigadores (Tian-Ming Fu con James Sturm, ambos profesores de ingeniería eléctrica e informática, y con el investigador postdoctoral Kumar Mritunjay, a quien nunca recordaré), han creado un dispositivo bioelectrónico tridimensional que combina células nerviosas vivas y electrónica avanzada. El sistema contiene aproximadamente setenta mil neuronas biológicas, organizadas en una red 3D con microelectrodos capaces de registrar y estimular la actividad celular, y ha sido entrenado para distinguir diferentes patrones eléctricos, tanto espaciales como temporales. El estudio, publicado en Nature Electronics, no anuncia un cerebro artificial, una conciencia en miniatura ni una supercomputadora orgánica.

Esta es una prueba de principio: se puede conectar una red de neuronas vivas a un dispositivo electrónico y utilizarla para tareas básicas de reconocimiento de patrones. El hecho decisivo no reside tanto en la potencia del dispositivo, todavía muy lejos de la de un sistema informático general, sino en el problema que he mencionado anteriormente: la inteligencia artificial, para imitar determinadas funciones cognitivas, consume muchísimo más energía que la biología que intenta copiar.

Por ejemplo, volvamos a la bombilla: cuando le haces una pregunta a ChatGPT, eso podría valer alrededor de un minuto de una bombilla de veinte vatios. Una conversación más larga (la que tienen la mayoría de los usuarios de chatbot) puede alcanzar decenas de vatios hora. Y con un razonamiento cuidadoso, un análisis textual y la generación de imágenes, una única interacción compleja puede acercarse, o incluso superar, el consumo de una bombilla encendida durante una hora. Multiplíquelo por miles de millones de interacciones por segundo a escala global y quedará claro por qué la energía es un problema para la IA.

El estudio de Princeton es interesante precisamente por esto: no dice que 70.000 neuronas biológicas conectadas a microelectrodos sean ya un cerebro artificial, ni una alternativa al ChatGPT, ni una respuesta a los centros de datos (sin embargo, lo encontraréis divulgado así en TikTok, Instagram o Youtube, con títulos como “crearon un cerebro artificial con neuronas reales que consume poca energía”). De hecho, es todo lo contrario: estamos muy lejos de ello.

El dispositivo sólo reconoce patrones eléctricos, en el espacio y el tiempo, y muestra el punto central: mientras la IA actual consigue resultados aumentando chips, servidores, refrigeración y energía, la biología procesa señales complejas con un consumo mínimo (mínimo, más o menos). Princeton no habló del futuro, sino que destacó el problema: la IA parece irrelevante, las facturas son cuantiosas y exorbitantes.

Por último, también hay que decir que el cerebro humano consume tanto como una bombilla, ya sea que pienses o le pidas a ChatGPT que piense por ti (con deterioro cognitivo medio progresivo), es decir, seas Einstein o el idiota del pueblo. Consumo democrático.

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