Nancy-Fraser-libro-U30262570536ctQ-1440x752@IlSole24Ore-Web.jpg

Hay una frase, en las primeras páginas de Cannibal Capitalism, el último libro de la filósofa Nancy Fraser, que tiene fuerza de frase: el capitalismo es como un ouroboros, la serpiente mitológica que se devora su propia cola. Es “un sistema – escribe Fraser – programado para devorar las bases sociales, políticas y naturales de su existencia – y en consecuencia las nuestras” (2023, p. 13). No se trata sólo de una imagen poderosa, ni de una metáfora más destinada a circular en el debate público durante varias temporadas. Éste es el punto de partida de un diagnóstico que Nancy Fraser desarrolla con rigor teórico y pasión militante: el capitalismo, para funcionar, debe consumir constantemente lo que no es el mercado; pero al hacerlo, erosiona las mismas condiciones que le permiten funcionar. Es una máquina que se alimenta destruyendo sus propias bases. El análisis de Fraser no se limita a señalar efectos secundarios o distorsiones que pueden reformarse, sino que opera desviando la mirada hacia las premisas del sistema, hacia los presupuestos extraeconómicos que la economía capitalista necesita y que al mismo tiempo erosiona. Ésta es la novedad de su enfoque: el capitalismo no es un aparato productivo ni un régimen de mercado, sino “un orden social que permite a una economía orientada a las ganancias saquear los apoyos extraeconómicos que necesita para funcionar” (págs. 14-15). Estos “apoyos extraeconómicos” constituyen los lugares donde se manifiesta el canibalismo. No se trata de esferas autónomas, sino de elementos de una misma arquitectura social: la reproducción de la vida cotidiana, la naturaleza, la capacidad de acción colectiva, poblaciones vulnerables tras siglos de expropiación. La crisis que atravesamos hoy no es la suma de sus fracturas, sino el fruto de una única lógica depredadora.

Cuando la cura falla

El ouroboros da el primer “mordisco” en el mundo de la atención. El capitalismo siempre ha confiado la tarea de sostener la existencia humana (generar nuevas vidas, cuidar a los niños, reparar cuerpos y relaciones) a sujetos marginados por género, clase y raza. Cuidar es un trabajo esencial y, sin embargo, paradójicamente, está relegado al exterior de la contabilidad económica, como si el capital pudiera prosperar sin el paciente mantenimiento de la vida. El resultado es una paradoja estructural: cuando la atención disminuye, toda la estructura social comienza a debilitarse. Los lazos familiares se deterioran, la fuerza laboral se agota, la salud mental colectiva se deteriora. El capitalismo necesita todas estas actividades de cuidado “a las que no atribuye ningún valor monetario y que utiliza, se podría decir, como un aprovechado”. El sistema toma energía de la reproducción social sin jamás reponerla. No hay proceso de acumulación que no dependa de este tejido subterráneo de actividades no remuneradas, invisibles y, sin embargo, decisivas. Es una lógica oportunista, el “polizón en el mundo de la vida”

Naturaleza explotada

La segunda herida se abre en la relación entre capitalismo y naturaleza. Superficialmente, el sistema económico moderno se presenta como una construcción autosuficiente, un mecanismo racional que transforma insumos materiales en productos monetizados. Pero – observa Fraser – esta historia sólo mira a la superficie. Bajo la piel visible de los beneficios y de los balances, el metabolismo de la máquina económica degrada constantemente la energía, los materiales y la biodiversidad, sin reconocer sus orígenes ni sus límites. La naturaleza es tratada como un fondo pasivo, silencioso y siempre disponible: una mina que extraer y un vertedero en el que dispersarse. Pero es precisamente esta invisibilidad la que ha creado el actual estancamiento. Cuando Fraser habla de una “contradicción ecológica”, no se refiere a una tensión entre dos valores –crecimiento y medio ambiente– sino a una estructura que lleva al sistema a exceder continuamente los límites que lo sostienen. El capital necesita un mundo natural que le proporcione recursos de bajo coste y que sepa absorber los residuos de la producción; pero cuanto más se acelera este proceso, más comprometido se ve el mundo natural, volviéndose incapaz de regenerar lo que le ha sido arrebatado. Es un dispositivo que consume el medio ambiente como si fuera una mercancía reproducible a la misma velocidad que el capital financiero.

Fraser muestra cómo cada régimen histórico de acumulación tiene su propia ecología integrada. El carbón de la Inglaterra del siglo XIX, el petróleo del siglo XX, la agricultura intensiva y la minería a escala planetaria, hasta las necesidades materiales de la economía digital –desde las tierras raras hasta la energía necesaria para las granjas de servidores de inteligencia artificial y la esencial para la minería de criptomonedas– ofrecen, con variaciones técnicas, la misma lógica depredadora. Son las herramientas las que cambian, no el mecanismo. Cada fase de la modernidad económica presenta su propia lista de territorios devastados, comunidades destruidas, ecosistemas transformados en zonas de sacrificio. El canibalismo ecológico no es un accidente, es la gramática interna del sistema.

Lo que Fraser enfatiza con particular fuerza es que esta forma de canibalismo no concierne sólo a la ecología, sino a la temporalidad misma del sistema. El capitalismo consume la naturaleza como si el futuro no tuviera valor. Devora los recursos acumulados durante miles de años (sedimentación geológica, ciclos biológicos muy largos, equilibrios climáticos frágiles) a un ritmo que pertenece a la escala de los informes trimestrales de la Bolsa. Cuando hablamos de calentamiento global, sequía, desertificación o fenómenos climáticos extremos, sólo estamos observando las manifestaciones visibles de un proceso más profundo: la compresión del tiempo de la naturaleza en el tiempo de la acumulación. Se trata de un cortocircuito temporal que no puede durar mucho tiempo.

About The Author