La inteligencia artificial generativa ha ido ocupando un lugar cada vez más importante en nuestras vidas y, pensemos lo que pensemos, ahora es utilizada masivamente, especialmente por los jóvenes. Según un estudio de IPSOS BVA para Theia publicado el pasado mes de mayo, el 80% de los jóvenes de entre 18 y 24 años lo utilizan al menos una vez a la semana, y casi uno de cada dos jóvenes lo utiliza a diario.
Podemos deplorarlo, pero limitar el uso de la inteligencia artificial es tanto una ilusión como una elección contraproducente. Ante esta revolución tecnológica, el reto es dar la vuelta a la esquina y adaptar nuestro sistema educativo a esta nueva situación.
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Acusados de todos los males (ya no saber pensar, ya no querer aprender, tomar el camino fácil de recurrir a la inteligencia artificial) incluso por los propios trabajadores que la utilizan masivamente, los jóvenes tienen perfectamente claros los desafíos que plantea la inteligencia artificial y la importancia del aprendizaje.
Según el estudio citado, el 64% de los jóvenes entrevistados niegan la idea de que la formación pierda importancia con la llegada de la IA, y el 69% dice querer aprender incluso más que antes para diferenciarse de ella. Lejos de la resignación intelectual que se les atribuye, desean comprender y dominar temas en los que la máquina sólo puede producir.
Nos enfrentamos a un cambio real en la sociedad que debemos tener plenamente en cuenta. Las habilidades del mañana serán las que realmente diferencien a la inteligencia artificial: pensamiento crítico, liderazgo, creatividad. Y para desarrollarlos debemos también transformar nuestros métodos de evaluación. Para ello ya no podemos simplemente pedir la devolución del conocimiento.
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Revolución docimológica
También debemos y sobre todo evaluar la capacidad de los estudiantes para razonar, comprender, criticar y crear. También en este caso el punto de vista de los principales interesados es claro: 2 de cada 3 jóvenes entrevistados por IPSOS BVA creen que los exámenes no reflejan su nivel real. Y la pérdida de confianza en los exámenes suele ser sinónimo de desmotivación.
La aparición de la inteligencia artificial implica ante todo una revolución docimológica. Diseñar asignaturas que evalúen el razonamiento y el progreso intelectual en lugar de simplemente la devolución del conocimiento: el 86% de los jóvenes vería esto como una medida eficaz para hacer que los exámenes sean más justos.
Fomentar el seguimiento continuo, autorizar recursos documentales centrando la evaluación en el análisis y el juicio, o incluso formar a los estudiantes para que utilicen la IA de forma transparente y controlada en lugar de prohibirla, son vías de desarrollo que nos permitirían avanzar en la dirección correcta.
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La transformación debe entonces ser tecnológica, sin reducir nuestras necesidades. El examen informático puede ser una poderosa herramienta en la lucha contra el fraude y un vector de equidad: anonimato garantizado, temas más cercanos a situaciones laborales reales, verificación del posible uso de la IA. Pero el seguimiento cara a cara, incluso a través de ordenador, sigue siendo un estándar esencial de credibilidad para los exámenes más delicados.
Las universidades estadounidenses, donde aumentan las acusaciones de trampas con IA, lo han entendido bien. Princeton acaba de cambiar su código de honor de 133 años para reintroducir la supervisión obligatoria para todos los exámenes presenciales.
En términos más generales, el debate que tenemos por delante debe centrarse en preservar el valor de los diplomas. Haciendo eco de barones de la tecnología, como Elon Musk, que ya proclaman la naturaleza inútil de la educación superior frente a los rápidos avances en inteligencia artificial, el 58% de los jóvenes encuestados piensa que no es esencial tener un título universitario para tener éxito.
Estos datos suponen una auténtica llamada de atención para nuestro sistema educativo. Ofrecer exámenes fiables, que reflejen el nivel real de los estudiantes, significa mantener un alto nivel académico y garantizar que el diploma siga siendo una garantía de calidad, tanto para los empleadores como para los propios estudiantes.