Algunos conocían a Rosalía desde el principio, cuando era una intérprete seria del flamenco, muchos la habían identificado poco después, como la primera y única estrella del pop internacional de España, muchos habían amado y bailado el Motomami entonces, pero todos, todos, escuchan a Lux. La carrera de este artista no ha sido un ascenso meteórico sino inexorable. Y de escalón en escalón, subiendo, sólo pudo llegar a los santos, a los místicos, a los endemoniados que pueblan su último disco imprescindible. Teresa de Ávila, la monja budista japonesa Ry?nen Gens?, Hildegarda de Bingen, Olga de Kiev, santa Rosalía, Juana de Arco y una mística árabe, monja taoísta y Clara de Asís, cuya historia de “amor” con san Francisco inspiró una pieza llamada Mio Cristo llora por diamantes, que Rosalía canta en un conmovedor italiano. Hay trece idiomas en uso y millones de interpretaciones de esta magna obra musculosa. Precedido de un single, Berghain, en el que Rosalía está acompañada por la London Symphony Orchestra, Björk, Yves Tumor y un vídeo mágico. Tiene poco más de treinta años y es difícil imaginar qué hará ahora, después de Lux. Pero Motomami ya parecía insuperable y Rosalía lo hace, como ahora entendemos: mueve el horizonte muy lejos frente a ella. Y para conseguirlo, hace todo lo posible. Su estrella cometa es impresionante.
En una carta a su amigo Gianfranco Draghi, Cristina Campo escribió: “En cuanto a ser feliz, es terriblemente difícil, agotador. Como llevar sobre la cabeza una preciosa pagoda, toda de vidrio soplado, decorada con campanas y frágiles llamas encendidas: y seguir realizando hora tras hora los mil movimientos oscuros y pesados del día sin que se apague una luz, sin que una campana emita una nota preocupada”. Rosalía es así capaz de cantar un aria de ópera sin que se le caiga la pagoda, porque de ello depende la felicidad. La felicidad ha sido durante décadas la antítesis del gesto artístico. La melancolía, el dolor, el luto tomaron protagonismo en todas partes, incluso en la música. Pero nuestro tiempo es un umbral, el arte está jugando su última carta, si pierde se convertirá en un viejo trapo inútil. Lo posthumano, lo inhumano, lo virtual, lo artificial más o menos inteligente ocupan un lugar importante. El arte está al servicio del ser humano, pero qué es, qué será, lo humano, cómo distinguiremos un ser vivo de una máquina, una obra de genio de la del algoritmo. Suspendidos ante el abismo, miramos con gratitud y emoción a quienes, entre los artistas, eligen arriesgar incluso la felicidad. Rosalía con sus hombros anchos y su paso decidido, llevada a paseos por asombro, reina de hacer lo que quiero con tal de disfrutarlo, me parece un útero. Sería bueno que nos miráramos desde este umbral y decidiéramos empezar de nuevo desde allí. Si, como en esta cruzada infantil contada por Marcel Schwob, partimos, al mismo ritmo que ella, caminando codo a codo hacia la felicidad.