Hay días en los que la gente entra al taxi incluso antes que los clientes. No es necesario hacer grandes discursos. Basta con una frase a medio terminar, una mirada al teléfono, una pregunta que surge casi sin querer: ¿dónde vamos a acabar? Es en momentos como estos cuando nos damos cuenta de una verdad simple: las guerras nunca están realmente lejos. Aparecen primero en las noticias, luego en los mercados y luego en las conversaciones. Finalmente llegan a la calle. El taxi es un observatorio especial. No porque quienes lo ejecutan tengan mejores respuestas que otros, sino porque recolectan fragmentos de vida. Un emprendedor que habla de incertidumbre, una madre que teme por el futuro de sus hijos, un niño que dice que ya no confía en nada, un trabajador que enfrenta precios altos. Nadie viene a discutir de geopolítica, pero la geopolítica los acompaña, en silencio. En los últimos años, nos hemos estado engañando pensando que lo peor ya había quedado atrás. Después de la pandemia, muchos imaginaron un reinicio más sencillo, casi liberador. Al contrario, el mundo siguió recordándonos su fragilidad. Y hoy esta fragilidad se siente también en las ciudades. Hay menos ligereza, menos confianza espontánea, menos ganas de pensar que todo saldrá bien.
Para quienes trabajan en la carretera todos los días, no se trata sólo del clima. También es una realidad concreta. Las tensiones del mundo entran en las cuentas de quienes conducen: combustible, mantenimiento, repuestos, seguros, gestión del vehículo. Todo pesa más. Y entonces las noticias internacionales dejan de ser un titular lejano y se convierten en una tarea diaria. Quizás ese sea exactamente el punto. El taxi no sólo acorta las distancias entre un barrio y otro. A veces también reduce la brecha entre la gran historia y la vida común. Al viajar en taxi, comprendes que el mundo no está hecho sólo de fronteras, tratados y mapas.
Está formado por personas que intentan salir adelante, trabajar bien, mantener un poco de serenidad incluso cuando todo a su alrededor parece más incierto.
Y quizás, en una época que lo consume todo, llegar a la noche con un poco de humanidad intacta ya sea una forma de resistencia.