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Es fútbol y fútbol. Es victoria y pasión. Es un juego y una novela y quizás su secreto resida precisamente en esa indecisión. La realidad, como siempre, está en el medio, pero si queremos montar un esquema binario entonces podemos decir que de un lado los partidarios de los resultados, que creen en una sola verdad, la red inflada, el pitido final, la clasificación que es en sí misma poesía y del otro los jugadores, que exigen mayor justicia del balón, la creencia de que un gesto permanece cuando la copa ya es polvo en una mesa olvidada. El caso más cruel lo escribió Brasil en 1982. El dream team, Telê Santana, escribía personajes, con Sócrates que jugaba y pensaba, Falcão, Zico, un fútbol que parecía salido de las páginas de García Márquez. Perdido. Paolo Rossi la eliminó y quedó sorprendido y redimido por el “resultismo”.

Ahora que la era Gerry Cardinale comienza efectivamente en Milán y la regla de oro se convierte en espectáculo, la belleza declarada como misión, vale la pena recordar que el encantamiento no llega por decreto, sino que lo encontramos quizás donde menos lo esperamos. Es una iluminación repentina. El deporte rey no viene de arriba, nace de una ciudad, de una cultura, de un número diez que mira hacia arriba en lugar de descargar. Arrigo Sacchi tuvo un Milán hermoso y lo ganó todo, pero su belleza fue una disciplina, una idea obstinada, no un eslogan en una conferencia de prensa. El riesgo ahora es que la belleza se convierta en un producto. Y un producto es exactamente lo contrario de una obra de arte.

Al fin y al cabo, cada equipo parece tener su vocación y traicionarla es el peor pecado. La Juventus nunca ha adorado el arte por el arte, y cuando lo intentó, con Maifredi, quedó champán sin vino, sin burbujas y vacío. El Inter ama más la épica que la perfección, el corazón que resiste, el Fuerte Álamo que por una vez acaba bien, Mourinho con diez contra Messi. El Milan, en cambio, desde “Grenoli”, siempre ha sabido que el partido no es una cuenta que ajustar sino una historia que contar.

Incluso pasó con el modelo Rocco al que no le gustaban los alborotos, pero la gloria giraba en torno a un artista del Renacimiento, este Gianni Rivera que tocaba como si pintara. A los niños se les cuentan cuentos. Quienes buscan la belleza en el fútbol persiguen algo que se parece a la literatura y saben que ciertas derrotas pueden releerse como obras maestras.

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