He modificado la histórica frase de Riccardo Garrone en Vacaciones de Navidad: “Esta vez también hemos quitado de nuestro camino a Estados Unidos”. Evidentemente es fútbol, dicen, pero se acabó, aunque nunca se sabe lo que puede pasar dados los precedentes. Bélgica ha hecho las barras y las estrellas, los Yankees regresan a casa como en ciertos carteles de 1968. Estamos en el lenguaje de los tiranos, en la línea de quienes usan ese lenguaje, el asunto entre los dos líderes, Donald y Gianni, ha puesto al mundo entero en vilo, basta leer las primeras páginas dedicadas a la escandalosa llamada telefónica de Trump a Infantino, una relación ambigua, una propuesta indecente, pero todo forma parte del sistema de la FIFA, donde el fútbol es sólo un pretexto, una oportunidad, una coartada para ganar dinero, sin preocuparse por principios y príncipes aduladores, velando por sus propios intereses mercantiles. El destino quiso que fueran los belgas, a menudo objeto de burlas en los chistes franceses como hacemos con los Carabinieri, les tocó cerrar el entrenamiento, cuatro goles y además el impune Balogun sustituido durante el Lunes Negro en Seattle. Así funcionan las cosas en el fútbol, dice Donald Trump, a quien le apasiona la lucha libre y cuando ve una pelota piensa que es una pelota de golf con Viagra. Predigo que dentro de una semana, menos aún, todo este barullo será olvidado o, como mucho, utilizado para reiterar la ignorancia y la presunción de quienes están en el poder y que no son, exclusivamente, los ocupantes de la Casa Blanca, si algo está podrido en Dinamarca, hay algo que apesta en la FIFA y la gente, incluso los que no saben nada de fútbol, se han dado cuenta.
El caso es que, como siempre, el campo dijo la verdad, el balón, sin microchip, acabó en la red, no hay nada que añadir. Estoy esperando al 19 de julio, cuando subirán al podio los ganadores y, con ellos, la pareja más fea del mundo, Donald Infantino y Gianni Trump. Adiós.